Identidad Femenina de una Minoría Étnica 

 

Las fotografías que componen este ensayo fueron tomadas en Julio de 1989 en la Provincia de Formosa, Argentina a 1500 km de Buenos Aires, a 350 de la capital provincial, a 40 de la ciudad de Las Lomitas. 

Mi intención fue mostrar cómo viven las mujeres que forman parte de una comunidad aborigen, en este caso Pilagá, que tienen la influencia cercana de la civilización pero a la que ni ellas ni sus hijos acceden.

La comunidad se llama Campo del Cielo, en ella viven cerca de 35 familias. Carece de luz eléctrica, sanitarios, medios de transporte, agua corriente. Beben de los charcos de donde también beben los animales.

La ciudad más cercana, Las Lomitas, donde pueden recibir atención medica queda a 40 km. Son bilingües, aunque en el caso de las mujeres algunas no hablan castellano. Tienen una escuela, a la que asisten cerca de 90 niños y desde donde tratan de organizar grupos de trabajo, talleres de costura, tejido, artesanías, con las madres para la preservación y revalorización de su cultura.

Campo del Cielo es una comunidad agrícola, más organizada que otras. El alimento lo sacaban de la tierra pero ahora las que les han destinado no son aptas para el cultivo, sobre todo por no tener agua. Por lo tanto comen lo que consiguen, lo que les manda el gobierno o algún animal que carnean. 

 

A las mujeres se las ve siempre con un chico al pecho, ellas los dejan mamar hasta que ellos mismos deciden dejarlo o hasta que nace un hermanito o cuando empiezan la escuela a los cuatro años y les dan la comida. En esos días que conviví con ellos pude sentir las carencias y valorizar en las mujeres su ternura y su compromiso con la vida.

No tenían nada que pudiera ocultar sus sentimientos, estaba todo a la vista, sin maquillaje, ni lo que las mujeres que vivimos en la ciudad estamos acostumbradas a tener o a ver. 

Las tareas de ellas en la comunidad están bien diferenciadas de las del hombre. Ella es la tierra, la creadora, la transmisora de las costumbres tradicionales, la que espera ansiosa la llegada de su hombre con el alimento.

El paisaje es inhóspito, la naturaleza no los ayudó con nada, hace mucho calor y en épocas de lluvia quedan completamente aislados ya que los caminos se vuelven intransitables. Pero a pesar de todo lo que no tienen, estar con ellos en contacto con la naturaleza y con una vida totalmente primitiva me produjeron un shock muy grande. A mi regreso a la vida cotidiana de mujer de gran ciudad sufrí cambios muy profundos, no podía olvidar lo que había vivido, la belleza de esas mujeres y sus hijos, del calor humano que me brindaron y cómo se entregaron y me permitieron compartir sus vidas.

 

Julie Weisz

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